miércoles, 1 de abril de 2015

martes, 20 de enero de 2015

Juan Tallón mola un montón

Nos pasamos la vida haciendo cosas que, algún tiempo después, descubrimos con relativa sorpresa que no hicimos. Es desolador. Si no hay nada en contra de incurrir en contradicciones, diré que también es confortante. Algunas de las cosas que suceden, en cierto sentido, no pasan nunca. Ya sé que no se entiende. José Ángel Valente lo exponía incluso más crípticamente, y con mayor belleza, cuando escribió «El solo encuentro en el que nunca / nada podría al fin haber pasado.JOSÉ ÁNGEL VALENTE / La posibilidad de todo. / Y esa oscura carencia / de hechos y de días / borraba, más real, / la ficticia hilazón / de tu biografía».
En literatura resulta común, esplendoroso y triste escribir durante semanas, encerrado en tu mierda de casa, sin probar una gota de agua, mientras sueñas que al fin tienes entre manos algo que pondrá el mundo patas arriba, y abrirá una época, con un nuevo abismo. Experimentas una agradable emoción cuando finalizas el trabajo y te quedas con los brazos cruzados mirando tu obra, con un gesto sabio, casi abstracto. Sospechas que nunca más escribirás nada parecido, que lleva fuego dentro, y que si lees con intensidad puede arder igual que una zarza, sin consumirse. Hay una voz, dentro del texto, que bien podría provenir de los cimientos, o aun de más abajo, de un abajo que produce escalofríos. Qué hijo de puta, te dices a ti mismo, con admiración.
Lamentablemente, cuando dejas pasar algunos días –que tal vez puedas aprovechar para retomar el agua de nuevo–, y después relees un par de veces lo que has escrito, lo rompes en mil trozos y lo arrojas a la basura con hastío, casi asco. Se trata de una operación fulgurante y feliz. La destrucción, al fin y al cabo, constituye una fase más del proceso creativo, no exenta de vértigo (artículo completo en El Progreso).
Foto: José Ángel Valente.


Categorías:LiteraturaVida diaria
Etiquetas: