El pueblo está precioso, después de dos semanas de fina lluvia han brotado matojos y musgo en los adoquines de Emilio Castelar. Sólo es apreciable el ángulo perfecto de luz de poniente que baja desde el campanario si te colocas en medio de la calzada. O sea, en coche.
Hay un señor podando los árboles del parque,
es otoño,
el mundo está loco.
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